La miel es reconocida ampliamente como edulcorante. En menor
medida se la conoce como expectorante y suavizante de la garganta
y vías respiratorias; y mucho menos como cicatrizante.
Todo ello fue “cosa de viejas” durante muchísimos
años, hoy es reconocido científicamente, más
otras propiedades que serán comentadas.
Se dijo que la abeja recoge la materia prima para hacer la miel
principalmente de las flores (néctar), también
– en algunas épocas del año lo hace de otras
partes de la planta-, y aún “ordeñando”
pulgones. La abeja recolectora de néctar guarda el mismo
en el buche y al llegar a la colmena, lo cede a otra regurgitándolo.
Este paso se repite varias veces y en cada una de ellas, el
néctar se va enriqueciendo con las secreciones de las
abejas. Luego es depositado en celdillas donde se lo va deshidratando;
y cuando ya es miel en su punto justo, la abeja la tapa (opercula).
En Argentina –según bromatología- existe
una sola miel: la miel de abejas, la cual, según las
mismas normativas no debe contener nada que no haya agregado
la abeja. Existe la llamada miel de maíz, que debe ser
especificada como tal en el envase, y que por ser ampliamente
conocida por su nombre comercial, no se presta a confusiones.
Este párrafo pretende decir que aquel envase cuyo rótulo
diga más que miel, es dudoso. Es redundante poner miel
de abejas o miel pura. Es más, se lo considera como deslealtad
comercial, ya que induce engaños al consumidor, en desmedro
de quien cumple las normativas y no coloca por ejemplo la palabra
“pura”.
Últimamente han surgido en el mercado delicias tales
como miel con nueces, almendras, avellanas, frutillas, kiwi,
etc. En estos casos es obvio que se trata de un producto elaborado
y no de una adulteración. Pero también han surgido
mieles con porcentaje de Jarabe de Maíz de Alta Fructosa
(JMAF), que aunque estén especificados en la etiqueta,
de acuerdo a las normativas de bromatología, se trata
de adulteraciones. Al menos, claro, que por ser empresas muy
grandes, hayan tenido algún cambio o interpretación
de las normativas. Pero, atención, que aún siendo
legales no están ofreciendo un producto útil para
Apiterapia, y aún más: existió (¿
o existe?) una firma que en el rótulo ponía “enriquecida
con jarabe”. En este caso, por tratarse probablemente
de una alucinación, hay que leer –de acuerdo a
la realidad- “empobrecida”.
La miel, mayoritariamente está compuesta por carbohidratos
(azúcares), y gran parte de estos se encuentran desdoblados.
Es decir que están predigeridos, lo que facilita enormemente
su absorción. Así, cuando el azúcar común
necesita alrededor de cuatro horas para ser digerido y utilizado,
con producción de gases, fermentación alcohólica
y gran trabajo del páncreas; los azúcares simples
de la miel, están a disposición del organismo
unos 15 minutos después de ser ingeridos.
Básicamente, la miel tiene un 75% de azúcares,
hasta un 20% de humedad, una pequeña cantidad de proteínas,
de ácidos, de grasas y cenizas (o sustancias minerales).
Los principales azúcares son la levulosa (o fructuosa)
y dextrosa (o glucosa). Tanto la cantidad de azúcares
como de los otros elementos constitutivos de la miel (y de los
otros productos de la colmena) son variables de acuerdo a la
floración, clima, tipo de abejas, estado de la colmena,
etc. Para las mieles, vale como regla general que las mejores
son las obscuras, por su mayor contenido en minerales, que puede
llegar a ser de hasta cuatro veces más que en las claras.
Esto contrasta con la preferencia del consumidor en general,
que prefiere a las mieles claras, lo que sólo puede atribuirse
a una idea generalizada de la miel, como “oro” de
las abejas y su posterior “entrada” por el ojo del
consumidor. No creo que se pueda haber inventado un racismo
alimenticio.
La miel, como tal, es un producto ácido, con olor sui
generis. Con no más de un 20% de humedad. Es de fácil
digestión y asimilación. Normalmente se ingerirá,
aunque se la puede utilizar sobre la piel por sus cualidades
suavizantes y cicatrizantes. Existen datos del uso endovenoso
de miel, del cual no nos ocuparemos.